La ley del ninja

Story by ShiroUzumaki on SoFurry

, , , , ,


Era una tarde tranquila en la Villa de la Hoja, con las nubes moviéndose en pleno cielo primaveral mientras los arboles se mecían ante los vientos alrededor de las altas paredes de vigilancia. Kiowa caminaba por las ajetreadas calles, mirando las tiendas a través de sus ojos carmesíes, que brillaban con su propia luz. Ella tenía alrededor de veinte años, con su pelaje azul turquesa con puntas blancas cosidas por franjas de pelaje púrpura sobre su delgado cuerpo de zorro hembra. Ella vestía su traje de ninja, basado en unas mangas de color caqui con bandas de rejilla en el pecho y muslos, así como los vendajes de sujeción que aguantaban el equipamiento en su sitio, los vendajes de sujetador, pantalones cortos y las sandalias de color negro. En su frente llevaba la característica cinta negra de ninja de grado superior, oculta ante su precioso pelo verde hierba liso corto. Mientras caminaba por las calles alborotadas, se fijó en uno de los escaparates, pero fijando la mirada en su interior. Un joven de su misma edad, de rasgos lupinos, estaba hablando con el dependiente mientras le mostraba un cuchillo kunai.

El lobo tenía un cuerpo grande y musculoso, de bastante estatura, cubierto de pelaje gris oscuro excepto en el pecho, los dedos y bajo su mandíbula, cubiertos de suave pelaje blanquecino, mientras que su cabeza albergaba una mata de pelo negro alborotado. Él contemplaba el pequeño arma con sus ojos rojizos, para cogerlo con sus manos ataviadas en gruesos guantes de cuero negro sin dedos. Su vestimenta era la típica de los ninjas de la Villa de la Hoja: camisa negra, chaleco verde caqui, pantalones azules, sandalias especiales y por supuesto, la cinta de identificación en la frente. Se llamaba Shiro, nacido huérfano, y era conocido por su capacidad de rastreo tanto fuerza física como maestría en el combate cercano con su gran espadón a dos manos y ninjutsu.

Kiowa solía conocerle, al ser compañeros de academia y de escuadrón de cuando eran mas jóvenes. Shiro dejó el cuchillo en la caja y se despidió del dependiente armero, saliendo de la tienda mas tarde. Kiowa alejó la mirada del escaparate y se escondió a un lado, ocultándose de la mirada de Shiro. Él siguió calle abajo, sin saber que Kiowa le seguía entre la multitud de gente del mercado. Este siguió calle abajo un par de minutos, hasta el final de la calle, donde había un gran cartel que ponía "Puesto de Raamen Ichiraku". Shiro sonreía mientras entraba en el pequeño local y se sentaba en la barra. El dueño, con una mirada afable, preguntó al joven:

  • ¿Lo de siempre, no, Shiro? -

Este asintió con la cabeza

  • Una de fideos de miso, ¡con mucho cerdo! -

En pocos minutos, el gerente trajo un gran bol humeante lleno de caldo y fideos, acompañado de grandes trozos de cerdo. Shiro cogió los palillos, los partió y empezó a devorar el plato con grandes sorbidos ruidosos. Mientras tanto, Kiowa entraba en el puesto de fideos, mirando a Shiro de espaldas comiendo el bol. Se acercó con cuidado, posando la mano en el hombro izquierdo del lobo, quien miró hacia la izquierda. La sonrisa de Kiowa se mostró rápidamente, al haberse encontrado con un viejo amigo, diciendo:

  • Cuanto tiempo, Shiro. -

Shiro tragó los fideos restantes de su boca, con sus ojos mostrando algo de sorpresa, así que él respondió:

  • Vaya, Kiowa, ha pasado mucho tiempo, si -

Shiro giró su cuerpo del sillón giratorio y sacó del bolsillo unos cuantos billetes, dejándolos en el mostrador para pagar la cuenta, para luego levantarse y sacudirse la ropa. La joven miró hacia la barra, contemplando el bol manchado y con un baño de caldo, para devolver la mirada al lobo, preguntándole

  • No te he visto desde que pasaste al rango medio. ¿Sigues espiando chicas? - la pregunta siguió con una pequeña risita. Shiro se sonrojó avergonzado, dejando escapar un descuidado suspiro, sin responder. Kiowa cerró los labios:

  • Era broma... aunque me acuerdo de los baños termales. -

La verdad, es que Shiro era un joven muy interesado en las chicas, aunque siempre sentía cierta atracción ante la presencia de Kiowa, algo que él no entendía ¿Sería el pelaje, su inusual peinado liso, su actitud afable, o ese cuerpecito bien compensado pero nada exagerado? Su instintiva mente no lo comprendía, para este no era mas que un deseo de posesión y ayuda mútua. Shiro se rascó tras la cabeza, alejando su mirada de los rojizos ojos de ella, algo confuso, para luego preguntar:

  • Kiowa... quería saber si... un día de estos... querías... - el sonrojo se volvió mas fuerte por momentos en la cara del lobo - quiero decir, te gustaría sa...-

En un instante, una silueta relampagueante se posó delante del puesto, hasta que se paró y entró, mostrando su verdadero ser. Se trataba de Shotaro, el guardián personal del líder del clan Kitsune, del que Kiowa pertenecía. Ella giró su cuerpo al otro lado, mirando al soldado, el cual rápidamente dijo:

  • Señorita Kiowa, su padre le necesita en el recinto familiar inmediatamente. Es un asunto de gran importancia para el clan. - Las orejas de Kiowa pronto se alzaron de forma estupefacta, para que luego ella suspirara ante el momento de tener que reunirse con su padre, el líder del clan, llamado Ryo. Ella respondió de forma desconsolada - De acuerdo, Same, me dirigiré enseguida. - Kiowa seguidamente puso una mirada triste a los ojos de Shiro, respondiendo

  • Tengo que irme, ya nos veremos, Shiro. - para luego salir de la tienda y saltar de tejado en tejado hasta llegar a la residencia del clan Kitsune, hacia el este de la Villa.

La ostentosa mansión se levantaba en un gran piso con un patio gigantesco que incluía un jardín con varias flores. Kiowa llegó saltando los tejados y arboles de la villa hasta detenerse delante de la entrada, la cual abrió de par en par y empezó a caminar por los largos cuadrados pasillos de madera crujiente, hasta llegar al patio del jardín, donde encontró una de las habitaciones con la puerta deslizada a un lado. Kiowa entró sin dilación, mirando el interior y comprendiendo la situación: Su padre estaba sentado, vestido con un kimono azul, que mostraba su cuerpo de zorro kitsune, color canela con puntas blancas, ojos de color carmesí y complexión delgada. Éste estaba hablando con dos miembros del clan Kizuna, formado por perros expertos en táctica y ninjutsu. Aquellos supuestos invitados eran el líder, Gorô, y su hijo Genjuro. El primero mostraba un pelaje blanco con facciones de Shiba Inu, aún mostrando cicatrices que oscurecían el pelaje alrededor de ellos acompañado de sus ojos marrones y su gran cuerpo. El hijo tenía la figura y semejanza de su padre, aunque de forma mas delgada y ojos verdes como la hierba. Ambos iban vestidos con su propia ropa familiar al ser parte central de su clan. Ryou noto la presencia de Kiowa al girar la cabeza a un lado, exclamando:

  • Ah, hija mía. Has llegado. Estaba hablando de un trato importante con el clan Kizuna. - entonces señaló al padre e hijo invitados con la mano en alza. Kiowa tragó saliva mirándolos con cierta desconfianza, respondiendo:

  • Entiendo, padre. - sin alterar ningún músculo.

Ryou carraspeó un segundo, para seguir su conversación:

  • Entonces decidido, mañana será la boda de Genjuro y Kiowa. Me parece buena idea al ver los logros de Genjuro, nos dará suficiente prestigio. -

Kiowa abrió los ojos con espanto y enfado, interrumpiendo la conversación con un fuerte palmeo repentino a la mesa y gritando:

  • ¿¡Cómo te atreves, padre!? Ni...Ni siquiera le conozco. - mostrando sus dientes de forma nerviosa. Ryo miró a su hija con una mirada fría y seria:

  • Hija, debes comprender que en el clan el futuro liderazgo importa, y necesitamos a alguien que traiga un varón para suceder mi puesto. -

Ella, con sentimiento indignado, gruñió:

  • ¿Y qué hay del amor? Recuerda los momentos con madre. -

El líder Kitsune solo pudo agitar su cabeza en negación, para seguir diciendo:

  • Recuerda que solo quedamos muy pocos, y jamás mostraste atracción alguna por algún macho. ¿Me equivoco? -

La joven zorrita solo pudo dejar un ruidoso quejido de enfado, para luego salir de la habitación y dirigirse a su dormitorio. Era una habitación bien sencilla, con varios armarios para sus rollos de Ninjutsu, armas, ropa y demás herramientas, una cama, una mesa, una lámpara de papel y una gran ventana cuadrada donde poder sentarse para disfrutar de la vista. El sol entraba por la ventana abierta de su habitación, con el brillo anaranjado del atardecer, de tal forma que ella se sentó en el marco de madera, suspirando mientras pensaba en su pasado.

Kiowa era una chica muy sutil, de mente clara, y eso siempre la ayudó en sus entrenamientos. Por un momento, la imagen de Shiro, cambiado y mas fuerte, pasó por su cabeza, haciéndole pensar lo atractivo que se había vuelto. No era aquel lobo solitario que conocía. Se sonrojó enseguida al imaginarse como sería él desnudo, como aquella vez que, por curiosidad, le espió en un baño público. En su gusto, ella le gustaban los machos fuertes, salvajes, pero protectores con su pareja, aún siendo virgen. Y eso era cierto, a su edad, Kiowa nunca había roto el último sello hacia la madurez, pues en su clan una hembra solo debía perder su pureza tras haberse comprometido con su pareja y amante. A pocos instantes, la puerta de su dormitorio empezó a sonar de forma seca con la llamada de alguien de fuera. Kiowa abrió la puerta, suspirando de asombro un instante después al percatarse de la persona que había llamado a la puerta: una zorro hembra de bastante estatura, delgada, con el mismo color del pelaje de ella excepto en el profundo color verde esmeralda de sus ojos. Se trataba de Sachi, la madre de Kiowa, quien con una sonrisa convincente en sus labios musitó:

  • ¿Te encuentras bien, hija mía? - con mirada escéptica.

Kiowa mostró una mirada triste, sin decir palabra alguna. La anciana madre supo que tal expresión era de algo vergonzoso, y preguntó:

  • Es por la boda que ha propuesto tu padre, ¿verdad? -

La chica miró a su madre a los ojos, asintiendo, sabiendo que un Kitsune es capaz de leer los sentimientos de la gente. Sachi miró al suelo pensativa, para luego mirar hacia la ventana, viendo el ocaso ocultando el sol. Sin cambiar su sapiente sonrisa, la madre de Kiowa dijo:

  • Tu padre siempre ha sido así, desde que le conocí. -

Kiowa suspiró en desdicha, dirigiéndose a su madre:

  • ¿Por qué me hacen esto, madre? Yo... yo no quiero a ese remilgado de Genjuro. - dijo ella, tratando de frenar sus lagrimas de frustración.

Sachi miró a su retoña, levantando el rostro con actitud y dejando escapar de sus labios:

  • Recuerda lo que siempre dijo la abuela... "Sigue a tu corazón". Si de veras no quieres que la familia sea parte de ese felino, hazlo. Yo no te pararé. -

La joven mostró una cara de sorpresa, como si sus labios se hubieran congelado ante las repentinas palabras que acababa de escuchar. Su mente empezó a forjar un plan para evitar la tiranía de su padre y de su futuro marido: abandonar la villa hasta que ella misma no fuera recordada, dejando atrás el pasado. Cuando Sachi dejó de tocar la piel de Kiowa, ella susurró:

  • De acuerdo, madre... he tomado una decisión. - para después tragar saliva profundamente.

Kiowa miró por la ventana el cielo volviéndose nocturno, iluminándose con el lucero de las estrellas, para luego cerrar la ventana y salir de la habitación. Se dirigía al salón familiar para la cena, caminando por las paredes blancas y suelos de caoba, hasta que torció a la derecha para dirigirse a tal habitación y encontrarse con Genjuro, el hijo y futuro líder del clan Kizuna. Ella le miró con seriedad, acercándose a él sin mostrar signo de atención alguno hasta cruzarlo de frente. El perro, sonriente y arrogante, extendió su brazo para agarrar con su fuerte mano la muñeca izquierda de ella. La zorra miró atrás, gimiendo al notar el agarre del macho. Éste la empujó a la pared, atrapándola entre esta y su pesado pecho de Shiba Inu, diciendo:

  • Vaya, no eres tan dura como me dijeron. -

Kiowa gruñía desesperada de liberarse de tal mastodóntico idiota, exclamando:

  • Suéltame, no quiero ni ser tu quitapenas. - mientras trataba de mover las extremidades entre tanta presión.

Genjuro se carcajeó mientras lamía la cara de Kiowa de forma casi obscena, para susurrarle:

  • Defenderte no te ayudará a salir de esta - después, él se dispuso a bajar una de sus grandes zarpas para acariciar la entrepierna de ella, pasando las yemas de los dedos sobre la tela de sus shorts.

Kiowa se sonrojó con sus dientes rozándose furiosamente. Ante tal atrevido movimiento, Kiowa vio como su brazo izquierdo estaba libre y aprovechó el instante para propinar un sonoro puñetazo al pervertido pretendiente. Jadeaba sin parar, gruñiendo con el ceño fruncido y mostrando sus dientes, para luego gritar:

  • ¡No quiero que te acerques a mí! - para luego abandonar el lugar donde había ocurrido hasta su dormitorio, cerrando la puerta y atrancándola como podía con una de las finas mesillas de al lado de la puerta. Tras atascar el acceso, se cayó sobre sus rodillas, llorando como una descosida, al ver como su vida se desmoronaba por momentos. Entonces se levantó, se giró, y encontró algo inusual: una sombra ovalada en el papel translúcido de las ventanas. Se acercó a la ventana y la abrió a un lado, mirando hacia arriba, para encontrarse con una cara conocida.

Shiro estaba sentado en el borde del tejado, mirando hacia arriba fijamente hacia la luna llena y su brillo tentador. Por su cabeza pasaban varios pensamientos, sin saber que Kiowa le estaba viendo en ese mismo instante. Pensaba para sus adentros "Tengo que decírselo... ¿acaso soy un cobarde con las chicas?" mientras temblaba de los nervios. Kiowa, contemplando al joven lobo, sin saber en que pensaba él, dejó escapar un breve susurro:

  • Esto...

Shiro escuchó aquel susurro, girando la cabeza y percatándose de la presencia de Kiowa, gritando del susto para luego caerse del tejado. Por suerte, gracias a su entrenamiento, Shiro juntó sus manos e hizo un signo de concentración de chakra, que hizo que se pegara al techo de debajo del tejado de una forma casi magnética. Kiowa, asustada por un momento, se sonrojó al ver como Shiro se pegaba como una estaca su cuerpo boca abajo, diciendo rápidamente:

  • Lo siento, Shiro... ¿Me estabas... espiándome? - para caer en una expresión inocente pero embarazosa.

Shiro se sonrojó, manteniendo su cuerpo al revés mientras negaba con la cabeza:

  • Es solo que... quería decirte algo, yo... yo solo estaba viendo la luna llena. - decía él mientras su corazón temblaba palpitante. Kiowa solo pudo interrumpirle respondiendo:

  • Lo siento, Shiro. Mañana estoy muy ocupada, tengo que dormir - dijo bostezando. El lobo se mostró sorprendido, para luego asentir levemente con la cabeza y responder:

  • De acuerdo... - para soltarse del techo y aterrizar en el jardín exterior del palacio, con la frustración oculta igual que éste en las sombras, y correr hacia su piso en el centro de la villa.

Ella miró abajo, suspirando mientras su pecho palpitaba también como el de Shiro. Se había rajado por como su familia tomaría a Shiro, un humilde y fuerte ninja lobo solitario. Su cabeza se llenó de ideas: Lo rechazarían, lo encerrarían, incluso quizás lo ejecutarían o desterrarían solo para que se alejaran. Kiowa agitó su cabeza ante tales pensamientos y se acercó a la cama, se quitó la ropa de trabajo lentamente, dejando solamente sus vendajes de ropa interior y abriendo la manta del futón, solo para tumbarse, cubrirse, acurrucarse y cerrar los ojos para dormir, dejando que la noche pasara rápido.

El sueño se apoderaba de Kiowa, quien estaba acurrucada dentro de la cama, haciéndola pensar. Se encontraba en medio de un gran banco de niebla, completamente perdida, notando el frío rodeándole por su precioso pelaje, solamente vestida con sus vendas de sujetador y un tanga púrpura de los muchos que tenía. Sus orejas pronto percibieron la presencia de unos gruñidos profundos, que venían detrás suyo. Ella se dio la vuelta rápidamente, hasta encontrar un lobo grisáceo de ojos rojizos como rubíes, cubierto ligeramente por las sombras sobre su pelaje y, casualmente, igual que Shiro. Ella solo pudo mirar a tal criatura con la mirada casi congelada. La bestia se le abalanzó, oscureciendo la vista y cayendo en profundas sombras.

Kiowa se levantó con un grito, sudando y jadeando, sin saber que la noche había terminado y que el sol salía en el blanco nublado cielo del amanecer. Sabiendo que tarde o temprano su padre vendría a llamarla para prepararse para la gran boda, se acercó al armario y se vistió su uniforme ninja, cogiendo de varios cajones varias trampas como papeles explosivos, resortes, cuerdas, además de cuchillos y shuriken para su propia defensa. Se puso su camisa de rejilla sobre las vendas, el pantalón corto con las mangas separadas de rejilla con calentadores, y se cubrió los brazos con vendas y otras mangas calentadoras. Estaba lista para escaparse.

Kiowa empezó a correr y abrió la ventana tras saltar sobre esta, cayendo a gran velocidad hacia la pared exterior para adentrarse en el profundo bosque que rodeaba la villa, el propio terreno donde le gustaba entrenarse. Minutos después, Ryo caminaba lentamente por los pasillos, hasta posarse delante de la puerta del dormitorio de su hija. Éste llamó a su hija, pero no recibía respuesta alguna, por lo que tiró la puerta abajo y con ello la mesita cajonera que bloqueaba la puerta. El líder se fijó que Kiowa había escapado para evitar la boda, de forma que solo pudo gruñir:

  • Será malcriada... - entonces se dirigió hacia la entrada de la mansión, encontrándose con la guardia personal. El padre, lleno de ira y decepción, dijo a Shotaro:

  • Mi hija ha huido, no quiere casarse. Poned una misión de clase A, esto es algo de gran importancia para el poder familiar. - entonces volvió al interior de la morada. Shotaro, frío y serio, asintió para dirigirse a la central de misiones, donde empezaron a planificar la búsqueda de Kiowa. El propio hokage señaló que un grupo de tres jounin debían de encontrarla por la zona del bosque y traerla viva. Se eligieron a tres por su habilidad y por lo mucho que conocían a ella: Shinji, un gato experto en el arte de las trampas y perteneciente al clan Maneki, Kanbei, del clan Kizuna y hermano de Gorô, cuya especialidad era el camuflaje, y Shiro, cuya capacidad de rastreo y su relación como antiguo compañero de Kiowa sería de lo más útil.

El escuadrón se adentró en el bosque, posándose en las ramas a gran velocidad, hasta llegar a un pequeño claro, donde se detuvo. Kanbei miró alrededor, para luego girarse hacia los otros dos ninjas y decir:

  • Este será el plan. Nos moveremos cada uno por nuestro lado y cuando la encontremos, la llevaremos aquí mismo para entregarla, ¿entendido? - Ambos ninjas asintieron, cuando Shiro no mostraba preocupación alguna, sin embargo, su mente si lo estaba, al recordar aquellos buenos momentos con ella mientras eran ninjas de grado menor. Shinji y Kanbei pronto se marcharon en busca de ella, saltando las ramas de los arboles lo más rápido que podían para escudriñar cada hoja del bosque, mientras que Shiro se fijó en unas marcas recientes que había en un árbol cercano, diciendo:

  • Eh? Estas marcas, han dejado chakra... que extraño.

Shiro olisqueó las marcas, sabiendo que el filo que hizo tales cortes en el tronco tenía un suave olor a perfume de zorro, el cual solamente podía dejar una clase de ninja, uno del clan Kitsune, con aquel chakra tan peculiar de ellos. Con el rastro memorizado, Shiro empezó a correr y saltar por los senderos y arboles del bosque siguiendo el rastro de Kiowa.

Shinji se posó en una rama tras saltar durante media hora entre las ramas, hasta que sus orejas temblorosas reaccionaron con el ruido de la respiración de alguien. Se trataba de Kiowa, quien estaba escondida en un frondoso árbol, respirando profundamente para concentrarse. El felino sonrió con su pelaje negro erizándose de la emoción, así que lentamente se acercó al escondite de la fugitiva, saltando furtivamente entre las hojas. Ella, sin embargo, solo miraba a un lado, hacia un sendero que se abría entre la flora, ensombrecido por los altos pinos. Shinji aprovechó la distracción, pensando que iba a ganar la recompensa, así que gritó, abalanzándose sobre esta con kunai en mano:

  • ¡Ya eres mía! - pero entonces, un hilo empezó a brillar delante del gato, el cual tocó con su cuerpo. Shinji vio como el hilo se rompía y soltaba, para luego mirar a la izquierda y ver un tronco cubierto de agujas. Era una trampa, la cual hacía sonreír a la joven trampera. El gato esquivó rápidamente el tronco, el cual pasó de largo y se estrelló contra un árbol próximo. Shinji se carcajeó para luego decir:

  • Aficionada, esa trampa la hago yo con los ojos cerra... - entonces se quedó mudo al fijarse que Kiowa había escapado. El trampero gruñía de mala manera, para mirar hacia los lados. Una gran sombra redonda empezó a silbar débilmente en el aire, pues se trataba de una gran estrella shuriken lanzada por Kiowa hacia Shinji. Éste esquivó el filo cortante del arma saltando hacia otra rama, evitando el ataque. Shinji sonreía mientras gritaba:

  • ¡No impresionas a nadie con eso, es de libro de texto! - pero un instante después se percató del olor y ruido de papel quemándose, proveniente de arriba. El gato miró arriba, asustado, al comprobar una hilera de trampas de papel explosivo colgando, ardiendo lentamente. La estrella pronto cambió de dirección y, por arte de maleficio, cortó las cuerdas transparentes que sujetaban las trampas, para que luego estas cayeran lentamente y rodearan a Shinji , quien solo pudo murmurar:

  • Mierda...-

La explosión, visible a varios metros y audible a muchos mas, deflagró la gran rama y con ello el cuerpo del felino, que cayó al suelo como una piedra, calcinado y negro cual carbón ardiente. Tal explosión creó un pequeño incendio, que se convirtió en un pequeño mar de llamas, pero localizado, gracias a que el viento no era fuerte y había llovido hace poco. La fugitiva se acercó a Shinji, agonizante y deshonrado por haber caído ante una ilusión típica del clan de ella. Ella miraba a Shinji, apoderado por él dolor, con una mirada fría y sin escrúpulos, para luego alejarse de él, como si no existiera.

Kanbei pudo notar la explosión con sus orejas puntiagudas, y pronto se digirió a la fuente de tal ruido. A los dos minutos, entre saltos y esprines, llegó a la zona incendiada, pero sus ojos miraban de otra forma. Los arboles estaban perfectos, verdes, con el sol de la mañana cruzándose entre las hojas. Kanbei encontró el cuerpo de Shinji a unos cuantos pasos mas delante, para agacharse y examinarlo mas de cerca. El gato solo pudo expulsar débilmente las palabras:

  • Es una trampa...- para luego sucumbir en el suelo al no poder aguantar su dolor.

Kanbei, sorprendido, miro atrás y se fijo en Kiowa, que lo miraba fijamente con dos kunais en las manos, por lo que rápidamente reaccionó lanzando tres shuriken hacia ella. Los filos solamente hicieron desaparecer el cuerpo de ella, pues había intercambiado su cuerpo por un tronco para evitar el ataque. Kanbei miraba hacia los lados, pero entonces Kiowa apareció a su lado para darle un tajo descendente de su cuchillo. Kanbei esquivó tal furtivo ataque con un salto lateral, para ponerse en guardia y sacar unos guantes con garras metálicas. Empezó a cargar corriendo hacia ella con furia y lanzar un corte cruzado, pero Kiowa lo esquivó rodando a un lado, haciendo que el árbol de delante cayese y empezara a arder delante de los ojos de Kanbei. El parpadeó por un instante, fijándose que los arboles verdes se convirtieron en pasto de las llamas, pues estaba dentro de una ilusión que Kiowa había creado. Entre las llamas, Kanbei divisó la silueta de su objetivo, sonriente, así que saltó, cargando chakra en sus piernas, sobre un árbol, y se impulsó con otro salto, poniendo ambas garras delante y gritando como un descosido para asestar un golpe fatal a ella. El perro se abrazó al supuesto cuerpo, tratando de clavar sus garras varias veces, hasta caer al suelo, sin embargo, se fijó que el cuerpo era demasiado blando, y era cierto: se trataba de un muñeco envuelto en varias hojas de papel explosivo, rellenado con paja, ardiendo lentamente por los parches del papel explosivo. La pólvora explotó, de forma que Kanbei fuera empujado por la explosión y se estrellara por delante con una roca, fracturándose varias costillas y tosiendo sangre. A pesar de tal impacto, este se levantó, aullando de dolor, para girarse y encontrar a la verdadera Kiowa, quien lo miró atentamente diciendo:

  • Vete o será peor. No estás forzado a los deseos de un padre-

Kanbei, jadeante de dolor, solo pudo preguntar:

  • ¿Cómo me has detectado? Mi camuflaje era perfecto! -

Kiowa se acercó a el en un paso, desenvainando una larga espada con espinas que ella tanto admiraba, y clavándola en el pecho del Shiba, haciendo que gritara de dolor, con los pulmones llenos de sangre. Ella le susurró:

  • ¿Vestido de verde en un bosque en llamas? Eres como un farolillo rojo - entonces ella torció la hoja para luego sacarla brutalmente y desgarrar el interior del canino contrincante en una irregular lluvia de sangre. Kanbei cayó tendido al suelo, haciendo que su vista manchada de sangre se volviera instantáneamente negra, muriéndose poco después.

Kiowa enfundaba su espada rápidamente, no sin antes escuchar un gruñido lobuno que la hizo girarse hacia de donde provenía. Shiro en un abrir y cerrar de ojos cargó contra ella en un placaje que la hizo rodar por el suelo, hasta que se posó de rodillas y levantar así la mirada hacia él. Se puso en pie para correr hacia el lobo, levantando la pierna izquierda y pegarle una patada giratoria que le impactó en la cara, dejándolo de espaldas hacia ella. Entonces, ella agarró la espada enfundada a la espalda de Shiro, cogiéndola con rabia para que cuando él se girase para mirarla, ella asestara un golpe vertical de arriba abajo. La camisa azul interior de Shiro cayó hecha pedazos, dejando un corte visible hacia el centro del torso. El lobo pronto se recuperó del golpe, para percatarse del corte superficial en el torso, pero entonces pudo desarmarla con un golpe rápido en la mano izquierda de ella, que sujetaba el espadón, seguido de un fugaz golpe con la palma de su otra mano, de tal fuerza que la impulso en el aire unos segundos, antes de caer rodando, medio aturdida. Kiowa trató de levantarse, con dificultad, pues no había sufrido tal golpe rápido y brutal, mientras que Shiro agarraba unas vendas de uno de los compartimentos de su traje y rodeaba su sangrante torso con éste. Tras aplicarse la tosca cura, él se acercó a Kiowa con una mirada iracunda, agarrándola de su camisa de rejilla como si de una pluma se tratara, gruñiendo primitivamente mientras ella, envuelta de miedo y tristeza, contemplaba como su amante, herido por ella, mostraba su rabia.

La presión empezaba a hacerle mella, pues no paraba de mirar aquellos ojos rojizos como la sangre hirviendo, para mirar mas abajo y contemplar aquel cuerpo musculoso. Mientras trataba de respirar colgada de la mano de Shiro, empezó a notar como el calor de su cuerpo se acumulaba, hasta sonrojarse, pues aquel salvaje lobo le parecía lo mas atractivo del mundo. Shiro se fijó en el fino cuerpo de Kiowa, recordando lo delgado y compensado que le parecía a la vista, ocultando toda su belleza entre vendas y piezas aparte de ropa. Solo pudo susurrarle:

  • Supongo que ha llegado la hora de castigarte. ¡Es la ley del ninja, si nos traicionas, es hora de castigarte!- para luego sonreír de una forma pícara y traviesa. La dejó en el suelo, sin soltarla, para luego empujarla, de forma que diera media vuelta y se diera de frente con una gran roca lisa cual pared de caliza. Kiowa trató de separarse de la pared, pero entonces Shiro la apresó con su cuerpo, pegando el pecho guardado por el chaleco a la frágil pero entrenada espalda de ella. El lobo susurró de un modo casi mezquino:

  • Es hora de que use mis técnicas mas prohibidas - con una siniestra risotada.

La hembra trataba de adivinar que se proponía Shiro como castigo, pues hasta ahora no trataba de matarla. El macho cruzó sus fuertes brazos bajo los de ella, mientras los metía debajo de la corta camisa de redecilla, para encontrar la punta de las vendas que guarecían sus pechos. Kiowa miró abajo al notar los ásperos guantes negros de Shiro rozarse sin pudor, mientras él lamía el hombro derecho y el cuello de ella, entre pequeños mordiscos, susurrando rugientes sonidos a las delicadas orejas de ella, que titilaban de nerviosismo, y cerraba los ojos para no mirar el trato que sufría su cuerpo en ese momento.

Shiro empezó a pegar su cuerpo por todo el contorno de la espalda de Kiowa, respirando fuertemente entre bufidos mientras tiraba de la venda que rodeaba a Kiowa, mostrando los blancos turgentes pechos de ella, redondos y compensados. Ella notaba aquellas manos grandes, cubiertas por el cuero de los guantes, agarrando los pechos de ella, haciendo que mostrara los dientes incomoda mientras se sonrojaban sus mejillas de vergüenza. Shiro dejó el borde de la camisa sobre los pechos de ella, dejando que lo que quedaba del sujetador fuera bajando por el cuerpo de ella, para luego deslizar la mano abajo y encontrarse con los cortos pantalones casi playeros de ella. Con gran fuerza, Shiro despojó la pieza de ropa, rasgándola con bestial furia, para mirar el tanga morado que Kiowa escondía debajo. Aunque ella no podía contemplar tal escena, Kiowa notó los roces de los actos del lobo, tratando de aceptar la condición de la derrota, pues supuso que el sueño de ayer significaba algo. Shiro miró la provocativa lencería de Kiowa, relamiéndose entre dientes y agarrando la base de la cola de Kiowa, que se retorcía de la presión. Kiowa abrió los ojos de repente, con las pupilas dilatadas, tratando de mirar atrás para decir nerviosa:

  • No, la cola no, me... - hasta que gimoteó de forma cansada, al haberse descubierto el punto débil de ella. Shiro olisqueó el pelaje de la zorrita, sonriente, al notar su rastro de chakra, diciendo entre gruñidos:

  • Hmmm... me encanta este olorcito tuyo. Serás solitaria, pero estabas buscando alguien fuerte, con gran chakra ¿Verdad? - entonces, Shiro se bajó los pantalones con una mano, incluidos los calzoncillos, mostrando su virilidad.

Se trataba de un miembro firme, grueso y de 20 centímetros, a la mitad de erección. Kiowa solo pudo tragar saliva ante tal miembro, cerrando los ojos de nuevo mientras su virgen nerviosismo la rodeaba. Sin embargo, su instinto la traicionaba y para entonces su provocativo tanga púrpura se tiñó de oscuro por la humedad que ella había acumulado de tanto evitar los machos. El lobo pronto notó aquel dulce olor, una especie de néctar apasionado para su napia, de forma que respondiese:

  • Vaya, te has estado aguantando. Hueles a virgen. - para que entonces una de las manos hiciese girar el cuerpo de ella para que los dos quedasen frente a frente. El incendio se intensificaba por momentos, como el calor de ambos ninjas. Shiro, riéndose con una mirada casi malvada, rozaba el vientre de Kiowa con una de sus zarpas, diciendo:

  • Algún día tendrás que admitir en buscar alguien con quien pasar el resto de tu vida, Kiowa. Es inútil que te resistas, pues tengo mas chakra de lo que te imaginas - mientras empezaba a mover el dedo índice mas abajo. Ella gruñía, inmóvil bajo la constricción de Shiro, murmurando:

  • No quiero a nadie, se cuidar de mi misma. Todos los machos... ¡sois iguales!

Shiro reía mientras recordaba un momento de su vida, respondiendo a la enfurecida hembra:

  • ¿Acaso crees que no sabía que me espiabas en los baños termales? -

Kiowa dio un respingo, con la cara congelada de miedo. Shiro metió la mano en las bragas de Kiowa, acariciando la entrepierna, diciendo:

  • ¿Quién es el pervertido ahora? No me importaba que me mirases, pero por ello se... que a pesar de ser autosuficiente - el lobo empezó a rozar su miembro en el miembro de ella - Deseas ser tratada como una hembra alfa, ¿verdad? -

Kiowa cayó en silencio, temblando por el inusual placer que aquellas caricias le estaban dando. Shiro pronto separó dos de sus dedos y empezó a hundirlos entre los labios inferiores de Kiowa, lo cual ella dijo:

  • ¿Qué te pro...?- pero entonces fue callada con un ruidoso y dominante rugido del macho, para pedir silencio.

La kunoichi cerró los ojos, gimiendo, al notar los dedos macizos de Shiro taladrando su flor, recubriéndolos en su néctar provocado por el celo, para luego entrecerrar los dientes, soportando el invasivo dolor que hacían ceñir sus paredes hasta agarrar su camisa de rejilla con los dientes para tener algo con lo que soportar aquel dolor. El lobo notó como la flor de ella se humedecía exponencialmente, mientras movía ambos dedos de forma alterna dentro de ella, hasta notar el himen. Entonces, el macho sacó ambos dedos, dejando a un lado la fina cubierta del tanga para que luego el agarrara su miembro con la otra mano y así apuntar a la vagina de ella, que supuraba fluidos sin parar. Los brazos del lobo abrieron las piernas de ella, para así mostrar su entrepierna con todo detalle, para así coger el clítoris entre dos dedos y pellizcarlo. La hembra empezó a notar bombardeos de placer, que la hacían tirar de la redecilla de la camisa más y más fuerte. Shiro posó la punta del miembro, presionando los alrededores de la fresca y húmeda carne de ella, para luego impulsar las caderas y así meter el bestial instrumento. Kiowa notó como su cuerpo reaccionaba con una ceñida defensa, pero al final su himen sucumbió ante la fuerza del macho, dejando que la sangre fluyera levemente y que el dolor se mezclara inmediatamente con pizcas de placer.

Shiro, rugiendo cual primitivo lobo, empezó a morder suavemente el hombro de Kiowa mientras presionaba las caderas, dejando que el miembro hiciese frente a la ceñida vagina de Kiowa. Las llamas los rodeaban, pero sin tocarlos, pues las rocas de alrededor no dejaban pasar tal incendio. A medida que el invadía profundamente a ella, el miembro chocó con el cérvix de ella, lo que hizo que ella notara una sensación punzante, respondiendo con un mullido ruido de dolor, lo cual hizo a Shiro responder con un directo beso a los labios de ella, juntando su lengua con la de ella. Así, el musculoso ninja se puso a bombear las caderas con frenesí, mostrando gruñidos feroces a medida que su largo cilindro se rodeaba de venas que intensificaban el placer de ambos. Kiowa empezó a acostumbrar al dolor, pero mantenía los ojos cerrados, ladeando la cabeza al no querer ver al lobo que amaba violando su cuerpo, murmurando entre los eternos gimoteos:

  • No, Shiro. Esto esta... - interrumpiéndose con un gran gemido que la hizo sonrojarse aún más - ¡Muy mal! - con un tono avergonzado y embarazoso.

El lobo no hacía caso omiso, por mucho que la zorra suplicara clemencia. Sin embargo, esto hizo que el resto de sentidos se intensificara, de forma que el embriagador perfume lobuno llegó a su olfato, los impulsos del miembro le daban mucho mas placer que antes, los gruñidos lupinos fuesen mas fuertes en sus oídos y que los morreos que solía dar entre series de mordiscos se sintiesen mas intensos. Esto culminó el placer en la ciega zorrita, que gritó al notar la explosión del orgasmo dentro de su ser, expulsando un líquido lechoso y que los golpes del miembro fueran respondidos con las propias contracciones provenientes del cuerpo de ella.

Shiro notó como la presión que ella ejercía sobre su troncho grande aumentaba su sensación de placer, haciendo que la base, descubierta fuera del cuerpo de ella por su tamaño, se hinchara, formando el bulbo genital, acompañado de la pre-eyaculación, que enseguida lubricó y bañó las entrañas de ella. Las embestidas de Shiro se volvieron frenéticas mientras notaba como los placenteros escalofríos que recorrían su espalda lo obligaban a forzar el cérvix con punzantes estocadas de su miembro. Kiowa notó las brutales sacudidas revolviendo su intimidad, pero al notar aquellos fluidos amortiguando el pequeño espacio que los unía, la curiosidad empezó a picar en su mente, así que no pudo evitar abrir un poco el ojo izquierdo, con las mejillas plenamente sonrojadas, para ver aquél lobo con un cuerpo que cualquier hembra desearía. Sabiendo que aquello acabaría enseguida, Shiro notó como su miembro no podía mas, gritando:

  • ¡¡¡Si, Aquí viene!!! - para luego sufrir su orgasmo. Las embestidas se volvieron lentas pero aún mucho mas fuertes que las de antes, a medida que su miembro expulsaba semen sin parar como leche pura. Aquella semilla invadió cada recoveco del cuerpo de Kiowa al tener el glande en contacto con el cérvix, hasta que el útero se desbordó y la presión dejó escapar el resto de los fluidos de Shiro en una masa viscosa que rodeó la unión de ambos. Shiro se sentó, aún unido a la intimidad de Kiowa, mientras ella lo contemplaba con su sonrisa forzada del esfuerzo que él había hecho para copular con ella.

Su vientre se sentía pesado ante el extraño semen, pero el calor y el placer que la rodeaban no hicieron evitar que ella pensara que, después de tanto tiempo, había encontrado lo que buscaba: el macho de sus sueños.

Aun así, Kiowa, entre la tristeza y las emociones que surcaban en su interior, solo pudo expirar:

  • ¿Por qué... me has hecho esto? No... no hacía falta. - mientras las lágrimas llenaban sus ojos.

Shiro echó sus caderas atrás, sacando el miembro con fuerza, haciendo que ella gritara por el repentino tirón, para que lamiera las lagrimas de ella y le susurrara a los finos oídos zorrunos:

  • ¿Y sí Gorô te hubiera hecho lo mismo? ¿Aceptarías tener sus cachorros antes que yo, un guerrero de verdad, y no un táctico mimado? -

Kiowa pronto comprendió la razón de que él le quitara su virginidad. Shiro la quería tanto, sabía que se iban a casar, por lo tanto, quería asegurarse de que fuera suya, sin importar la circunstancia. Poco después, tragó saliva y preguntó:

  • ¿Has hecho esto... para tenerme? - con una mirada escéptica

Shiro asintió con la cabeza, mientras la abrazaba. Kiowa levantó su mano para darle una bofetada, la cual ladeó la cara del lobo y gritar:

  • ¡Pues habérmelo pedido! Me... me has asustado - mirando abajo, entristecida, pero luego besó los labios del apuesto macho, sonriendo mientras las lágrimas de tristeza se volvieron de alegría. Ya era libre, estaba con el lobo que mas deseaba, a pesar de ser una hembra del clan Kitsune, mientras se acariciaba el vientre al haber aprendido de una buena pero repentina experiencia. Enseguida cerró los ojos, cansada de todo lo que le había pasado. Shiro la llevó en brazos, cruzando el bosque, mirándola de vez en cuando su preciosa cara blanca y turquesa con aquellos trazos morados bajo sus ojos. Shiro estaba en las murallas del pueblo, cuando decidió en ir con ella en brazos hasta la mansión de los kitsune, entrar en la habitación de ella furtivamente y meterla en la cama, para luego meterse él, abrazándola. Shiro lamió la frente de Kiowa y la besó, lo que la hizo que se despertara lentamente, aún de noche. El lobo sonrió y dijo suavemente a los oídos de Kiowa:

  • Kiowa, siempre te amaré y te protegeré -

Ella sonrió, acurrucándose en el pecho de Shiro con dulzura y respondiéndole:

  • Gracias... por todo, Shiro -

La pareja cerró los ojos, cansados pero unidos física como mentalmente.

Al día siguiente, Kiowa se despertó, viendo a Shiro recostado de lado, desnudo, moviendo su cola de alegría. Ella sonrió, pero él dijo:

  • Tienes visita -

Kiowa puso una cara de confusión, al ver a Shiro mirar hacia la puerta de la habitación. Se giró inmediatamente para ver a Ryo, su padre, congelado por lo que acababa de ver. Ryo gritó deshonrado:

  • ¡Te has... acostado con alguien sin mi permiso, os mataré! -

En un abrir y cerrar de ojos, Shiro apareció delante de Ryo, el cual se asustó de tal velocidad, para que luego el lobo le agarrara del cuello y le levantara. Shiro, con una mirada penetrante e intimidatoria, dijo al líder Kitsune:

  • Ella lo ha deseado así. Como la toques, conocerás algo peor que tus trampas, viejo. Es su elección, no la tuya -

Ryo, asombrado de la fuerza de Shiro, notó como su cuello se asfixiaba, así que asintió con la cabeza. Shiro lo liberó, con una expresión de desdicha hacia Ryo, quien abandonó la habitación, derrotado. Había aprendido que su hija ya era mayor, y que el haber hecho una elección por ella casi muere. Shiro volvió a la cama con Kiowa, acostándose otra vez para abrazarla y lamerle la nariz con cariño. Ella se sonrojó con una sonrisa, hasta que ella se desnudó y le tentó a Shiro diciendo de forma sexy:

  • ¿Me enseñas tus artes prohibidas otra vez? -

El lobo respondió de un modo picarón:

  • Supongo que toca la ley del ninja -

Aquél día fue el comienzo de un gran cambio para el clan Kitsune, en especial, para Kiowa y Shiro.

FIN

© Shiro Uzumaki, 2010

Kiowa pertenece a Vidfox

Naruto © Masashi Kishimoto

Contacto: [email protected]