Vidas entrelazadas 3 (Marcus-I)

Story by nadie on SoFurry

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1/12/3837 (Viernes)

Volvieron a casa después de una tarde entera en el parque. Marcus adoraba jugar allí con su padre, y su padre, llamado Goert, parecía disfrutarlo tanto como él. Estaba bastante sudado, y su padre, siendo un mamut, aún más. Él no lo era complemente, aunque no sabía por qué. Su madre era, o mejor dicho, había sido, una elefanta. Él era, sin embargo, una mezcla de ambos. Con sólo 8 años, ya era más grande que algunos elefantes de su misma edad, aunque algo más pequeño que muchos mamuts de 8 años.

La mayoría de su cuerpo mostraba una piel relativamente gruesa y gris, ligeramente marrón, aunque se podía ver en algunas zonas de su cuerpo un poco (muy poco) de pelo marrón, y en su pecho el color de su piel adquiría cierta tonalidad más oscura, similar al marrón de su pelo.

Una vez en casa, se dirigieron a la ducha. A Marcus le gustaba bañarse con su padre, y aquel día no iba a ser diferente. Goert fue a dejar a Kevin, su hermano pequeño, en la cuna. Hacía apenas un par de meses que había nacido, y en ese mismo día su madre había muerto, a causa de algunas complicaciones durante el parto. Su padre le había dicho que se había ido de viaje una temporada, así que Marcus todavía no sabía que no volvería.

Se metieron en la bañera y, al hacerlo Goert, algo del agua desbordó y mojó el suelo del baño. Marcus se río de aquello. Siempre había sido muy alegre. Últimamente, lo era incluso más. Su padre le prestaba más atención que nunca, y tenía un hermanito pequeño. Bueno, pequeño dentro de lo que cabe. Kevin parecía un mamut por completo, y tenía ya más pelo que su hermano mayor. Y a Marcus le encantaba abrazarle, hacerle cosquillas y jugar con él, aunque con mucho cuidado porque aún era pequeño, claro.

-¡Ja, ja! ¡Jo, papá, qué bruto eres!

-No puedo evitarlo, qué le voy a hacer. Pero no pasa nada. Luego se friega y ya está. Venga va, que te enjabono. Remójate un poco y ponte de pie.

Se sumergió en el agua, mojándose por completo, y luego sacó la cabeza, miro a su padre, que esperaba a que se levantara, y se levantó. Entonces Goert le lanzó un chorro de agua a la cara con la trompa, y se rió por lo que acababa de hacer. Luego le cogió por un brazo y le giró, poniéndole de espaldas a él, para empezar a enjabonarle con ayuda de una esponja.

-Jo, siempre haces eso...

-Y tú siempre recibes el chorro de pleno, je, je. La próxima vez esquívalo y ya está. Venga, no te muevas que si no te dejo así, ¿eh? Mmmm... ¿Sabes qué? Me recuerdas mucho a tu madre.

-Ya me lo has dicho más de una vez, sí.

-Bueno, pero es que es cierto. Además, no me voy a cansar de decirlo. Y... creo que debes saber una cosa...

-¿Sí? ¿Qué es?

-Tu madre no va a volver, Marcus.

-¿Qué? ¿Por qué? Si siempre ha dicho que nos quería mucho... ¿Es que ya no nos quiere?

-No, hijo, no es eso. Claro que nos quiere. Pero no puede volver. El día que nació Kevin, te dije que se había ido de viaje, pero... Mamá murió, Marcus.

-¿Cómo? ¡Pero eso no puede ser! ¡Mamá no nos dejaría así! ¡Eres un mentiroso! ¡Déjame en paz! ¡No me quiero seguir bañando contigo!

Se dispuso a salir de la bañera, pero entonces su padre le sujetó por las muñecas y le pegó a la pared, con el pecho sobre el frío y húmedo material.

-¡Agh! ¡Me has hecho daño! No tiene gracia, papá. ¡Suéltame! ¡Me estás haciendo daño!

-Lo siento, jovencito, pero no puedo hacer eso. Escúchame. Tu madre está muerta y no va a volver, ¿entiendes? Así que tienes que obedecerme. Soy tu padre, y harás lo que yo te diga. ¿Entendido?

-¡Deja de decir eso! ¡Mamá está viva! ¡Mentiroso!

Algunas lágrimas habían empezado a brotar de sus ojos. Su madre no podía haber muerto. ¿Por qué le mentía su padre? ¿Por qué no se lo había dicho antes, si era verdad? ¿Por qué no le había visto llorar? Tenía que estar mintiéndole. ¿Pero por qué? Y ahora le estaba haciendo daño en los brazos. ¿Por qué le cogía así?

-¡Marcus! Cállate ahora mismo y escúchame. Tu madre está muerta, y no puedes hacer que vuelva a la vida sólo diciendo que está viva. Está muerta por tu culpa, porque querías un hermanito, y se negó a decepcionarte. Ahora tú tienes a tu querido hermanito, y ella está muerta. ¿Entiendes? Es tu culpa que no esté aquí. Única y exclusivamente tuya. Por eso no te lo dije. No quería verte triste. Pero no he tenido más remedio que decírtelo ahora, viendo cómo reaccionabas.

-¡Eso no es verdad! ¡No lo es...! No puede ser... Yo no...

-Marcus. Tienes que madurar. Acéptalo. Mataste a tu madre por tu propia avaricia. Le pediste comida y te la dio, le pediste una casa y la tuviste. Le pediste un hermano y mira lo que ha pasado. Avergüénzate si quieres, pero no puedes hacer nada ya.

-Yo... Lo siento... No quería esto... No tenía por qué hacerlo... Lo siento...

-¿Crees que basta con sentirlo? ¡No! Eso no es suficiente. Tú tienes lo que querías. Tienes un hermano. Pero yo... yo no tengo esposa ahora, ¿lo entiendes? Pero no importa. No importa, siempre que te arrepientas de verdad y seas un buen hijo. Entonces te podré perdonar por lo que has hecho. ¿De acuerdo? No puedo devolverte a mamá, pero aceptaré cuidaros a ti y a tu hermano si demuestras que realmente me quieres, y que no me harás nunca lo que le hiciste a tu madre.

-¿Qué quieres...<snif>... decir? ¿Vas a...<snif>... a perdonarme?

-Por supuesto. Yo soy un buen padre, y como tal siempre perdono si mis hijos demuestran su arrepentimiento y su buena voluntad. ¿Lo harás?

-Sí. ¿Qué quieres que haga?

-Muy bien. Ahora abre las piernas y no grites. Si lo haces, tendré que castigarte.

Marcus abrió las piernas, aún temblando. Al menos su padre le perdonaría. Ni siquiera sabía lo que iba a ocurrir, hasta que notó una fuerte presión en su ano. Intentó girarse, pero su padre aún le sujetaba con fuerza.

-¿Qué... qué haces, papá?

-No preguntes. Sé que esto te va a doler, pero no debes echarte ahora atrás. Si eres un hombre y un buen hijo, te limitarás a obedecer. Ahora cállate y aguanta el aliento. No te opongas.

Marcus cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza. ¿Qué era aquella presión? ¿Qué hacía su padre? Podía sentir algo haciendo fuerza. Parecía moverse como una... serpiente o... un trompa... pero era grande. De eso no había duda. Cada vez sentía más irritación en la zona. Entonces un extraño líquido empezó a humedecer su ano. Parecía viscoso, y la ducha no estaba encendida. ¿Sería posible que su padre se estuviera meando en su culo? No... Era otra cosa... No olía a orina. Era un olor fuerte, pero no a orina. Cada vez sentía más presión, y cómo su ano parecía abrirse un poco más con cada empujón, aunque nunca tanto como para dejar pasar a aquella cosa.

Estaba llorando de nuevo. Su madre estaba muerta por su culpa... Debía aceptar el castigo, pero le estaba haciendo daño. De pronto, oyó una queja de su padre entre dientes, que dio un fuerte empujón, y sintió el mayor dolor que jamás había sentido. Era como si le partieran en dos desde dentro. Sus piernas temblaron, sus ojos se abrieron de par en par y su garganta no pudo dejar salir el grito que intentaba dar, cuando su padre le tapó la boca con una mano.

-Shhh. Te he dicho que no grites. Esto no es nada. Aún queda mucho por delante, hijo. Sé fuerte y no grites, incluso si te sientes a punto de morir. Siempre he deseado este momento, pero tu madre nunca lo habría permitido. Al menos me ha dado dos hermosos hijos, y pienso disfrutar de ello lo máximo posible.

Sin dejar que se acomodase a la nueva situación, Goert siguió avanzando. Era sin duda el trasero más estrecho y más joven que jamás había penetrado.

Debía acostumbrarse a aquello, porque se repetiría muchas más veces. Siempre que sobreviviese, le serviría. Siguió empujando. Afortunadamente, siendo un mamut, su miembro estaba bien musculazo y podía seguir avanzando a través de los intestinos de su hijo. Sólo pensar que acababa de penetrar a su propio hijo le ponía los pelos de punta.

Marcus no paraba de sollozar. El dolor que sentía era infernal, y podía sentir un líquido cálido fluir por su interior, además de a aquel monstruo que invadía su cuerpo. Hilos de sangre bajaban por sus piernas, y la única razón por la que no la olía era que el dolor no le dejaba estar atento a aquello.

Miró hacia abajo cuando el cuerpo de su padre se pegó al suyo y aquella monstruosidad se detuvo. Dos enormes testículos se mostraban bajo los suyos, y entonces se dio cuenta de lo que tenía dentro, deformando la parte baja de su torso, y se horrorizó por lo ocurrido incapaz de asimilarlo.

Lentamente, su padre dio pequeños empujones y vaivenes, hasta que de pronto se detuvo, apretó aún más a su hijo entre sus brazos, y Marcus sintió la sensación más extraña de su vida hasta aquel día. Era como si tuviese una fuente soltando agua dentro de su cuerpo directamente, solo que estaba caliente. Una fuerte presión le hizo intentar gritar de nuevo de dolor. Su estómago se estaba hinchando, y el dolor era cada vez más insoportable. No aguantó más y quedó inconsciente, con su padre aún dentro de él.

3/2/3838 (Sábado)

Siguió corriendo. Era de noche y le dolían las piernas. Sólo tenía un lugar al que ir, ahora que había conseguido escapar. Llamó al interfono. Afortunadamente, la voz de Karl, un hipopótamo que antes trabajaba con su padre, le contestó. Medio minuto más tarde estaba arriba con él. Tenía a Kevin el sus manos, y nada más llegar es tuvo que sentar en el sofá más próximo. Estaba empapado por la lluvia que caía fuera, y aterrorizado ante la posibilidad de que su padre le encontrase.

-Marcus, por dios santo. ¿Qué hacías en la calle a estas horas?

-Me he escapado... de casa... pero no llames a mi padre, por favor... te lo suplico... No puede saber que estoy aquí...

-¿Pero qué dices? Voy a llamarle ahora mismo. Debe de estar preocupadísimo.

-No... No lo hagas. Haré lo que haga falta, pero no le digas que estoy aquí...

-Marcus, no es cuestión de que quieras o no. Esto es serio. No puedo tenerte aquí. No tengo espacio para más gente en casa, y menos para un bebé. ¿No ves que no puedo? ¿Marcus? ¡¿Marcus?! ¿Estás bie...?

4/2/3838 (Domingo)

Abrió los ojos y se encontró, nada más hacerlo, la cara de su padre. Antes de que pudiera hacer nada, el mamut le abrazó.

-Dios mío, Marcus. ¿Por qué te has ido así? Estaba muy preocupado por ti.

Un instante después le apretó fuertemente en el estómago, donde sabía que le dolería, y le susurró algunas palabras al oído, lo bastante bajo como para que nadie más le oyese.

-Cuando volvamos a casa vas a desear no haber nacido. Haz que sospeche algo y te aseguro que será mucho peor.

Karl entró en la habitación y les vio.

-¿Ya se ha despertado? ¿Cómo está?

-Yo le veo bien. Muchas gracias por llamarme. Te dije que vendíamos otro día, Marcus. No vuelvas a hacer esto, por favor.

-Lo siento, papá. No volveré a hacerlo.

-Buen chico. Venga, volvamos a casa.

-¡No! Yo quiero quedarme un rato más, por favor.

-No, Marcus, hoy no. Otro día. Además, Karl debe de estar muy ocupado...

-Bueno... Un poco sí. Venga, Marcus, tranquilo. Ya nos veremos otro día. Vete con tu padre, anda, que estaba muy preocupado por ti.

Después de despedirse, Goert le llevó a casa. Durante el camino no dijo ni una sola palabra, pero estaba claro que estaba muy enfadado con él. En cuanto entraron en casa estiró de él y le condujo hasta su cuarto (el de Goert). Luego cogió a Kevin y salió de la habitación, cerrándola con llave. Medio minuto después volvía a entrar a la habitación donde estaba Marcus, quitándose la camiseta, con un cubo y un martillo en una mano y algunas cuerdas y un cuchillo grande en la otra. Cerró la puerta con llave desde dentro y se volvió hacia su hijo.

Antes de que pudiera resistirse, su padre le tenía cogido por el cuello.

-¿Quién coño crees que eres para desobedecerme? Soy tu padre, y a mi tú no me vuelves a hacer esto. La más mínima insinuación de lo que pasa aquí, y te arranco la lengua de cuajo. Pero tranquilo. He traído algo que te ayudará... a no hacer ruido con esa boquita tuya.

Le ató las manos y le tapó la boca con una mordaza que le mantenía la boca tan abierta que le resultaba doloroso, pero al mismo tiempo le impedía hacer ningún ruido. No era la primera vez que la usaba, pero no estaba hecha para él y no se acababa de acostumbrar. Luego le colocó una barra metálica entre las piernas, para mantenerlas abiertas, y le destrozó la ropa hasta dejarle desnudo. Entonces se quedó mirándole, pensativo, y volvió a hablar.

-Está bien. No quiero que pienses que soy un mentiroso. Al menos no contigo. Quería que esto fuera fácil, ¿sabes? Pero me estás tocando los cojones, y debes entender que mis amenazas se cumplen. De momento no le voy a hacer nada a Kevin, porque no ha hecho nada. Pero tú... Tú debes aprender.

De pronto le desató una mano, atando antes la otra a una de las patas de la cama para que no pudiera moverla. Entonces le puso la mano "libre" en el suelo, separando los dedos. Y de pronto cogió el cuchillo, lo levantó en el aire y se lo clavó en la mano, atravesándola y dejándola clavada al suelo. La mordaza, sin embargo, impedía que sus gritos salieran de aquella habitación.

Al intentar moverla, el filo cortaba la piel y los músculos y le provocaban un gran dolor, así que la mantuvo lo más quieta posible.

-Deja de moverla, estúpido. No la vas a necesitar más cuando acabe.

Con una mano sujetó la suya para que no se moviera tanto, y con la otra cogió el martillo. Marcus sabía lo que iba a hacer, pero también sabía que no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Y el martillo subió y bajó. Una y otra vez. Y sus dedos crujieron, los huesos se rompieron, la sangre brotó más que antes y el dolor se apoderó de su cuerpo y de su mente.

-La próxima vez, será tu querido hermano el que lo pague, y tú serás quien le torture. ¿Entendido, puta? Pero no te preocupes. No dejaré que mueras.

Antes de perder la consciencia, vio cómo su padre se colocaba detrás de él y se bajaba los pantalones. Sus ojos se cerraron.

Cuando volvió a abrir los ojos estaba encadenado por el cuello, los pies y las manos en su cuarto, en una esquina. Intentó alejarse, pero las cadenas eran muy cortas y apenas logró avanzar un metro más allá de donde estaba. Su mano izquierda estaba destrozada y le dolía terriblemente, aunque de alguna manera había dejado de sangrar tanto como antes. Seguía con la mordaza puesta. Entonces vio a Kevin en su cuna, cerca de él. La ventana de su cuarto tenía echada la persiana y apenas se veía el exterior por una pequeñas rendijas. No entraba casi luz, así que supuso que era de noche.

Al moverse, las cadenas hicieron algo de ruido, y entonces su padre entró en el cuarto tambaleándose. Estaba desnudo y tenía una cerveza en una de las manos. Seguramente estaba borracho.

-Hola, Marcus. ¿Qué tal vas? ¿Tienes sed? Toma algo, venga.

Se acercó a él y le tiró cerveza por encima. Al caer sobre su mano le escoció en la herida, que aún no estaba del todo cerrada. No sabía que podía sobrevivir a un sangrado semejante. Observando más detenidamente, vio que la herida se cerraba por completo ante sus ojos en apenas unos segundos. ¿Qué demonios ocurría?

-¿Has visto? Llevo clavándote cuchillos y rompiéndote dedos tooooda la tarde... ¡Y se curan! ¡Así, como si nada! Qué tontería... Pues mira que bien, porque me daba miedo matarte, pero ya no hay problema. A Kevin no se le curan así las heridas... Qué raro eres...

De pronto se desplomó sobre él. Olía mucho a alcohol, y pesaba bastante. Goert bajó una de sus manos hasta llegar al trasero de su hijo y empezó a meterle los dedos por el ano y jugar con él, sin que pudiera evitarlo. Sólo podía llorar y lamentarse por su propio estado. Su padre se colocó debajo y, como tantas veces había hecho ya, empezó a sodomizarle. Esta vez tardó un poco más en llenar su interior con abundante semen, aunque no se separó de él, y Marcus se mantuvo consciente.

Durante la noche, Goert siguió allí, usándole y obligándole a beber el semen que chorreaba al suelo, hasta que se cansó y se durmió aún dentro de su hijo, tras el último clímax de aquella noche. Debía existir alguna forma de escapar. Sólo una, para poder vivir en paz. No pedía más. Con aquel monstruo dentro, dormir le resultaba imposible.

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15/12/3843 (viernes)

Tom, un conejo de su edad y "amigo" suyo entró en el aula, sorprendido de encontrarle allí con Héctor. Marcus era más grande que él, obviamente, y tenía una musculatura más que decente para su edad. Incluso siendo un elefante, era más musculoso de lo que se pensaría en uno. Tenía los ojos marrones.

Héctor también estaba en su "grupo". Era un hipopótamo, considerablemente más musculoso que cualquier otro hipopótamo del colegio, y en general de cualquier otra parte. Tenía dos años más que ellos, y había repetido un par de cursos, pero desde luego era una muy buena persona.

Su piel tenía un color que era una mezcla entre rosa, morado, gris y marrón claro, y sólo tenía unos pocos pelos, muy cortos, en la cabeza. Sus ojos eran azules. Había practicado cualquier deporte que el colegio ofrecía a sus alumnos, pero ahora lo había dejado para centrarse más en los estudios, y aunque le gustaba recibir la atención de quienes le rodeaban, le gustaba más darla a quienes la necesitaban.

Cuando vieron que Tom se acercaba, se quedaron en silencio un momento, y Héctor se separó un poco de Marcus.

-Buenos días.

-¡Hola! ¿Qué tal?

-...

-Bien. Bueno, más o menos...

-¿Pasa algo?

-No... Bueno, no importa. ¿Tú qué tal?

-Bien. Oye. ¿Vosotros queréis venir a mi casa esta tarde? También vendrían Tony y Jir. Bueno, aún no les he preguntado, pero supongo que vendrán...

-Por mi vale. ¿Te vienes, Marcus? Te vendrá bien.

-... Vale... No sé si mi padre me dejará... Pero no podré quedarme hasta tarde... Mi padre quiere que esté en casa siempre al menos una hora antes de cenar...

-Claro, hombre. Tú vente el tiempo que quieras. Pensaba jugar a la consola o ver alguna peli. Mmm... Tendría que comprar cosas para comer...

-Nosotros te ayudamos, hombre. Así os demuestro lo fuerte que soy, ¡ja, ja, ja!

-Je, je... Lo que tú digas... Por cierto... ¿qué hacéis aquí tan pronto?

-Marcus me estaba ayudando con las mates. Hemos quedado hoy un rato antes de clase porque ayer no pudimos quedar. ¿Y tú qué haces?

-Yo siempre llego a esta hora. Mi padre tiene que irse a trabajar pronto.

-Vaya. No lo sabía. Podríamos quedar antes de clase todos y así podemos hacer la faena juntos si hay algún problema. ¿Tú qué dices, Marcus?

-No lo sé... Tendría que preguntarle a papá... Supongo que sí, pero no lo sé seguro...

-Bueno... ¿Tú qué dices, Tom?

-Por mi no hay problema, je, je. Sois vosotros los que madrugáis más.

Según terminaba la frase, Tony entraba por la puerta de la clase. Tony era un lobo delgado, aunque con más fuerza de la que parecía. Su pelo era gris, no demasiado largo, y se aclaraba en la zona del estómago, bajo los brazos y entre las piernas. Su cola era más o menos de una longitud normal para un lobo de su edad y el pelo en ella era algo más largo que en el resto del cuerpo. Su ojo izquierdo era verde, y el derecho castaño. Adoraba a los animales. Le encantaban. Parecía que los considerase como seres iguales a ellos mismos. No había otra forma de explicar el cariño que les tenía.

-¡Hola, Tom! Ya has llegado, je, je. ¿Has traído la redacción sobre las vacaciones?

-Sí, claro. ¿Por?

-No, nada. Por preguntar. ¿Todo bien?

-Sí. ¿Y tú?

-¡Genial! ¡Ayer ayudé a mi padre a limpiar a los animales!

-Ah... Pues qué bien, ¿no?

-¡Síííí! Esponja aquí, esponja allí... Son más bonitos cuando están limpios... Y tan suaves... ¡Dan ganas de abrazarlos, acariciarlos y...!

-Vale, vale, lo hemos entendido. ¿Cuál de tus "padres"?

-Tony. Bueno... Sabes quién de los dos es, ¿no?

-Sí. El bullterrier. ¿Cómo os aclaráis para saber a quién de vosotros dos se están refiriendo cuando os llaman?

-Fácil. Ted le llama a él Tony y a mi "chico". Y si alguno de los dos no está, pues Tony y asunto arreglado. Bueno, al menos a mí me llama Tony cuando papá no está...

Aclaremos un par de cosas. Tony no es un híbrido ni nada parecido. Es un lobo. Y sus padres, lógicamente, no son sus padres genéticamente hablando. Sus "padres" eran un bullterrier y un oso, llamados Tony y Ted, respectivamente, y le adoptaron cuando tenía 3 años. El lobo había perdido a sus padres en un accidente poco después de nacer, y había sido cuidado en un orfanato hasta que aparecieron Tony y Ted.

Tony y Ted, por su parte, no podían tener hijos. No porque fueran estériles. Probablemente, habrían preñado a cualquier hembra al primer "disparo". Pero no tenían esos gustos. Tampoco compartían el mismo gusto hacia otras personas. Por ejemplo, a Tony le gustaba Ted, pero a Ted no le gustaba Ted, le gustaba Tony. Y lo descubrieron más o menos así: un día, embriagados por el alcohol y demasiado tiempo sin sexo, se dijeron "vete a tomar por culo" y acabaron en un pajar con el culo escocido y el semen del otro en sus intestinos, tal como se habían pedido mutuamente.

Y como les gustó, repitieron. Y tras varios intentos, gratificantemente infructuosos, por demostrar que no les gustaba, decidieron que quizás sí que les gustase y se fueron a vivir a la granja donde por primera vez descubrieron su amor mutuo. Y allí llevaban varios años ya, pensando en lo bonito que sería tener un hijo al que contar dónde no hay que meterla y cómo se mete donde no se debe, cuando decidieron adoptar a Tony. Después de rellenar todos los papeles, vieron el nombre del lobo, y lo único que Ted pensó en ese momento fue "Vale. A este le hago caricias, y a este le doy por culo. No te confundas o acabamos mal. Claro que a lo mejor... No, no... A este sólo le caricias."

Afortunadamente, nunca se había confundido. Aunque Tony creció viendo aquella situación como la más normal del mundo. O al menos, la vio tan normal como una pareja de dos mujeres, o de un hombre y una mujer. Lo importante era que se amasen. Aunque a su edad, aún no conocía las formas carnales de amar que sus padres llevaban a cabo.

Vivían de la tierra, de los animales, y de lo que ambos les proporcionaban. Con ellos, podían pagarle los libros y todo lo que la escuela no pagaba para su educación, y tenían ahorros suficientes para que estudiase una carrera. No necesitaban más. Además, tanto el bullterrier como el oso habían estudiado veterinaria, y por un precio más que generoso atendían a quien le pidiera consejo con el cuidado de mascotas o de animales en general.

-Oye, Tony. ¿Tú te quieres venir a mi casa esta tarde? Ya se lo he comentado a estos y de momento bien.

-Sí, claro. Pero antes me tengo que pasar por casa a dejar unas cosas y avisar, ya sabes... ¿Jir se viene también?

-A Jir no le he preguntado todavía. Cuando llegue le pregunto.

-¿Preguntar qué?

De pronto, Jir se dejó caer desde el techo, afortunadamente lo bastante bajo como para que no se matase al hacerlo, y lo bastante alto como para que no le hubieran visto. Jir era un gorila de pelo negro por todo el cuerpo y piel de color marrón grisáceo en el pecho, las palmas de las manos y pies y la cara. Tenía los ojos verdes y la mala costumbre de pasearse por cualquier techo que tuviera cables de los que agarrarse, para matar a alguien de un susto. Con una buena complexión física, y no siendo lo bastante pequeño como para considerarse discreto, sin embargo, era capaz de moverse con un sigilo y agilidad implacables.

-¡Agh! ¡Joder, Jir!

-Has dicho una palabrota...

-Muy mal, Tom. No se dice "Jir". Se dice "mono de mierda"...

-¡Oye! ¡Que no soy un mono! Soy un gorila. Los monos suelen tener cola, y yo no. Soy un gorila. ¡Listo!

-No haré comentarios sobre eso...

-Mmm... ¿Qué hacéis todos aquí tan pronto?

-Yo siempre llego a esta hora. Los que habéis madrugado sois vosotros.

-Yo no, yo lo que hecho ha sido venirme antes. En casa, todos en pie a las 6:00 de la mañana y a cuidar la granja. Mi padre dice que un hombre de verdad no teme a la mañana.

-Tu padre, sea el que sea al que te refieres, está con un tío...

-¿Y eso qué tiene que ver con ser un hombre de verdad? El amor es como es. No puedes luchar contra tu corazón. ¡Debes ser fiel a tus sentimientos!

Todos, menos Tony, que estaba con el puño en alto en una pose victoriosa, y Marcus, que no miraba hacia él, apartaron la mirada y suspiraron indignados. Siempre tenía que ser tan... entusiasta...

La mañana transcurrió con relativa tranquilidad, al menos hasta casi el final de la clase de gimnasia...

-Está bien. Por favor, id todos a los vestuarios y daos prisa, que Leonard os espera. Y... Veamos... Vosotros venid aquí un momento, que quiero tener unas palabras con vosotros... Los demás a lo vuestro.

Marcus, Héctor, Tony y Dean se acercaron a hablar con Frank. Frank era su profesor de gimnasia, un cerdo de pelo rosado, aunque bastante claro, y demasiadas sesiones e gimnasio encima como para que la gente creyera que era un cerdo como el resto, que normalmente llevaban sobre sus huesos una sobrecarga de grasa alarmante. Frank, lejos de esta imagen, mostraba una buena musculatura, aunque no en exceso. Amaba el deporte, el esfuerzo físico y la constancia, y lo demostraba en sus clases. Tenía los ojos de color verde y medía 1,93 m de alto, como queriendo dejar en mal lugar al resto de cerdos, bajitos y rechonchos.

Dean era un tigre, de la misma edad que Héctor, y también había repetido dos veces algún curso. Era el ídolo de las chicas en su curso, principalmente porque era una especie de "estrella del deporte", o algo así... Seguramente su aspecto y forma de actuar, cuidadosa hasta el mínimo detalle para parecer poderoso, atractivo y dominante habían ayudado.

Sus ojos eran azules, y normalmente analizaban todo a su alrededor con aparente frialdad, aunque su afán por llamar la atención y armar bronca eliminaban cualquier posibilidad de transformarle en alguien tan frío como parecía. Y en aquel momento, Marcus era el objetivo de sus burlas por segundo año consecutivo.

Jir intentó acercarse, pero Frank le pidió amablemente que se marchara. Entonces, cuando estaban todos, les habló.

-Vamos a ver, Dean... ¿Qué pasa para que te metas con Marcus?

-¿Yo? ¡Será él! Siempre tan callado... Me pone de los nervios.

-¿Y le pegas por eso? ¿No entiendes que no puedes pegar a nadie sólo por ser una persona callada? Venga, Héctor. Dime qué ha pasado según tú.

-Pues a ver... Estábamos jugando a baloncesto, y de repente hemos visto que se le acercaba y empezaba a darle empujones en el banquillo, y al final se ha caído. Bueno, le ha tirado.

-¡Serás mentiroso! ¡Yo no le he empujado, se ha caído él!

-Cállate, por favor. Ahora contarás tú tu versión ¿Tú qué dices, Tony?

-Yo es que estaba con Marcus en el banquillo, ¿vale? Y bueno, Dean se ha acercado y le ha preguntado a Marcus que si no pensaba mover el culo y animar al equipo, que siempre estaba callado y que así no ayudaba. Entonces Marcus le ha mirado y antes de que dijese nada Dean ha empezado a empujarle y decirle que no se atreviese a mirarle así. Realmente no sé cómo le ha mirado, pero no me ha parecido que hiciera nada raro... Y al final le ha tirado...

-Muy bien. Venga, Dean, a ver qué te inventas hoy.

-¡Yo no me invento nada! Además, ellos son amigos, y yo no tengo a nadie que me defienda. ¡No es justo!

-Lo que es justo y lo que no se decidirá cuando acabéis de contarme qué ha pasado. Yo sólo sé que Marcus ha venido a pedirme unas gasas porque tiene una rodilla pelada, y de momento no parece que vayas bien encaminado para salir de ésta.

-Son unos mentirosos... Marcus me ha provocado, me ha estado diciendo cosas sin que nadie le oyese y cuando he ido a pedirle explicaciones se ha tirado al suelo.

-¿Te das cuenta de que esa es la excusa más estúpida e increíble que has dicho hasta hoy? Voy a escribir una nota para que vayas a hablar con el director ahora mismo. Ya sabes dónde encontrarle. Pídele que te de un justificante por llegar tarde a Ciencias.

-¡No es justo!

-Dean. Haz lo que te he dicho. Ahora mismo ve al vestuario, haz lo que tengas que hacer y te vas de cabeza a hablar con el director. Los demás, id a cambiaros. Como me entere de que pasa algo más en el vestuario, Dean, ya sabes lo que te espera. No empeores las cosas.

El felino se fue al vestuario, y el resto se dispuso a hacer lo mismo, cuando Frank llamó a Marcus.

-A ver, Marcus... ¿Por qué no has dicho nada?

-...

-Mira, Marcus...No podemos estar protegiéndote todo el tiempo. Si no dices nada, no podremos ayudarte. Dean podría estar ahora mismo lejos de aquí, ¿sabes? Sólo con que dijeses lo que te ha hecho estos dos años, bastaría para echarle del colegio y que no vuelva. ¿Lo entiendes?

-...

-Di algo, por favor... Te estoy hablando.

-No quiero...

-¿Qué?

-No quiero que le echen.

-¿Cómo que no? ¿Por qué? Te está amargando la vida y lo sabes.

-Pero... Quiere a su hermano, y yo al mío... Y son muy amigos. No quiero que le echen. Si no, su hermano se irá y el mío perderá a su mejor amigo.

-... Marcus... Da igual. No soy quién para decirte qué hacer. Pero prométeme que lo pensarás. No puedes hacer algo así por... por eso... Al menos plántale cara. ¿No ves que se aprovecha de ti, y de que no te defiendas?

-Lo siento...

-Venga, vete a clase... Y piénsalo... No siempre vamos a estar los profesores para defenderos.

-...Sí...

Marcus se dirigió al vestuario, donde sus amigos le preguntaron para qué le había llamado Frank. Después de cambiarse, y en el caso de Héctor ducharse, se fueron a clase. Al llegar, Leonard, su profesor de ciencias, les invitó a entrar con la mayor discreción posible y sentarse en su sitio.

Leonard era un enorme koala de 2,12m de alto, lo suficiente como para ser asombrosamente grande en comparación con el resto de los de su especie. Por su musculatura, habría podido ser el profesor de gimnasia, aunque por su desesperante tranquilidad y paciencia sólo podía ser el profesor de ciencias. Tenía los ojos azules, olía a eucalipto independientemente de la situación en la que se encontrase y, según muchas chicas, era "todo un encanto".

En realidad, todos los chicos le "odiaban" en parte por ello, y le tenían un gran aprecio por lo mismo, aunque la mayoría no lo admitiría. Se preocupaba por todos sus alumnos (y alumnas...), parecía recordarlos como si viviese con ellos y, cuando tenía que llamarles la atención, lo hacía tan firmemente como con un increíble respeto.

Dean llegó a clase un rato después, con cara de pocos amigos. En aquella hora, la última de ciencias hasta el año siguiente, se dedicaron a estudiar cómo se fabricaba un aroma, en concreto el aroma a eucalipto, con productos químicos, y el profesor le mostró durante la clase una muestra que se llevaría el que contestase correctamente una pregunta al final de la clase, para que viesen que realmente se podían fabricar aromas en un laboratorio, y que olían a lo que debían oler. Si varios acertaban o nadie lo hacía, se haría por sorteo.

Casi todo el mundo pensaba que estaban dando un temario muy avanzado, pero los alumnos aprobaban, en ocasiones con muy buenas notas, y se interesaban en la materia más que con cualquier otro profesor que hubiera impartido la asignatura anteriormente. Cuando terminó la lección, hizo la pregunta.

-Bueno, ya sabéis que quien responda correctamente se llevará este botecito a su casa. Veamos... ¿Qué voy a desayunar dentro de tres días, en que posición, dónde y a qué hora?

Todos los alumnos le miraron perplejos. Evidentemente no lo sabían. Al final, Tony habló.

-Profesor. No podemos saber eso. Además, dudo que usted lo sepa.

-Correcto. Eso es completamente cierto.

-¿Qué? ¿Era esa la respuesta que quería?

-Podría decirte que el botecito es tuyo y felicitarte, pero realmente no me parecería correcto. Puesto que he sido yo, y sólo yo, el que ha fabricado este aroma, y puesto que considero injusto que aquellos con más conocimientos o un libro con más información tengan más posibilidades de llevárselo que otros, he decidido que no quería que nadie acertase mi pregunta. De esta forma podremos hacer un sorteo con estos papelitos que tenía desde el inicio de la clase y que se lleve el aroma aquel cuyo nombre aparezca en el papel que voy a coger.

Sin decir más, sacó un cesto del cajón de su mesa, tiró los pequeños trozos de papel dentro, los agitó y cogió un papel.

-Y el botecito es para... ¿para mí? No, espera. A mí de esto me sobra... Voy a coger otro.

Esta vez cogió uno en el que no ponía su nombre, y le dio el aroma al "merecido ganador".

-Bien, pues ya hemos terminado la clase. Ya sabéis que la señorita Patricia no ha venido hoy por problemas familiares y que por lo tanto no hay clase ahora, y que esta tarde tampoco habrá clases. Así que como vuestro tutor tengo que deciros que el lunes el autobús saldrá a las 9:00 de la mañana, y que el que no esté dentro no irá. Y... Dean. Quiero hablar contigo. Marcus, tú ve al despacho del profesor Margules. A los demás, nos vemos el lunes, no lo olvidéis.

Marcus cogió sus cosas y fue al despacho del "profesor Margules". Era el profesor de historia de otros grupos, aunque no del suyo. Al ser su padre, tenía prohibido darle clase alguna para evitar "favoritismos". Pero eso no le impedía llamarle a su despacho. Avisó a sus amigos de que tardaría un poco, y le dijeron que le esperarían en la puerta de entrada. No tenían prisa.

Llamó a la puerta y la voz de su padre le pidió que entrase. Lo hizo, y se dirigió al escritorio, sentándose delante de él, aunque al otro lado del mueble. Su padre se levantó, se dirigió a la puerta y la cerró con llave. Luego corrió las cortinas para tapar la ventana.

-Bueno, hijo. Sé que es viernes y quieres ir con tus amigos, pero tu padre también necesita atención... Inclínate sobre la mesa y no hagas ruido. ¿Hay algo que quieras decir antes de que empecemos?

-Papá... Tom me ha invitado a su casa... Esta tarde... ¿Puedo ir, por favor?

-¿Vas a dejarme sólo toda la tarde?

-Por favor...

-Estarás en casa entes de las 20:30. Si llegas un minuto tarde, no habrá cena. ¿Entendido?

-Sí.

-Buen chico.

Media hora después, Marcus salía del despacho y se dirigía a la puerta del colegio. Su padre le había dejado ir con sus amigos a comer si quería, pero a cambio pasaría una "noche ocupada". Ya estaba acostumbrado. Una noche más no le mataría. Aquellos eran los únicos amigos que tenía, y quería estar todo el tiempo posible con ellos.

Recordó a Kevin. Fue a recoger a su hermano y se dirigió, esta vez sí, con sus amigos. Su padre se había encargado de disimular el olor, y Marcus no reflejaba en su cara lo que cada día ocurría entre él y Goert.

Cuando llegó, Kevin se acercó a jugar con ellos, y Marcus se dio cuenta de que había olvidado el libro de ciencias en clase, así que les dijo que enseguida volvería y fue a buscarlo. De camino se encontró con Dean, que al parecer acababa de terminar su "charla" con el tutor. Al verle, el tigre le lanzó una mirada llena de furia.

-Tienes suerte de que te protejan, come-hierba. Eres basura. No sirves ni para que te zurren.

Antes de que Marcus pudiera responder, aunque tampoco lo habría hecho, Dean le escupió en la cara y siguió su camino. Se limpió la cara con una mano y se dirigió a su clase, cogió el libro y volvió con sus amigos. Estaba acostumbrado a aquel trato por parte del tigre. Tony le saludó.

-¡Eh, Marcus! ¿Has visto a Dean? Ha salido hecho una furia, ja, ja... A saber lo que le han dicho.

-Nada bueno, eso seguro... Bueno, si queréis podéis veniros a casa a comer, ya de paso... O vamos, por ahí. A mi me da igual. Lo digo porque aún es pronto...

-¡Podéis veniros a la granja! Seguro que a mis padres no les importa, dejo las cosas de paso y luego... pues vamos a donde sea.

-A mi me parece bien. Pilla de camino a mi casa y cerca hay un supermercado.

-Ok. Pues vamos entonces.

-Kevin, vamos. No te separes de mí.

Kevin se pegó a Marcus, cogiéndole de la mano. Marcus se alegraba de que su hermano aún conservase su inocencia intacta, y todos los días rezaba porque tuviese una vida mejor que la que a él le había tocado.

Antes de la comida, Tony y Héctor se separaron del grupo. El primero porque, según decía, no se encontraba bien. Héctor ni tan siquiera les avisó. El resto del día pasó rápidamente, y tanto Marcus como Kevin lo disfrutaron más de lo que el mayor de los dos hermanos podría expresar. Sin embargo, aún quedaban dos días que le separaban de aquel viaje, y que esperaba con ganas para reencontrarse con sus amigos.